Todos los santos era el nombre que tenía la fiesta de cariz religioso que nos obligaba hace décadas a ir al cementerio si o si a honrar a los allegados fallecidos. Después se fue hablando más de la castañada y ahora parecemos invadidos por el halloween foráneo . Los rituales según las edades han ido cambiando. No sé si estáis de acuerdo conmigo, dibujaría tres escenarios diferentes. El más antiguo de las flores de plástico, la bayeta para sacar el polvo al mármol de las lápidas y los nichos y las largas colas para entrar al cementerio. Es todavía cultivado por la gente más mayor, sobre todo mujeres. La mediana edad piensa más en los panellets (*), cava y la verbena de otoño. La humareda de las paradas de castañas y boniatos contrastan con las buenas temperaturas que el cambio climático mantiene mucho más allá del verano. La víspera del primero de noviembre se agradece por que nos permite encontrarnos con amigos sin pensar en madrugar. Para los crios y los adolescentes, según el dictado de los medios globalizadores, es tiempo de disfraces, de bromas, de darse sustos unos a otros, de exigir caramelos y de jugar con calabazas. No sé hasta qué punto el no pararse a meditar sobre el fin de la vida no es la pérdida de una buena oportunidad.

Yo no le tengo un miedo especial a la muerte, hablo de ella sin problemas. De hecho, mi libro “Aprende a Escuchar tú cuerpo” explica que dos muertes – muy especialmente la de mi tío el barítono Vicente Sardinero – han marcado seriamente dos momentos significativos de mi vida el de escoger profesión y el de luchar para ser el mejor en lo que hago. Todos los que nos dedicamos a la salud vemos en la muerte un fracaso. A nadie se le puede reprochar soñar con tener siempre a cerca aquellas personas a las que uno aprecia y valora. Pero a veces hay que aceptar el fin de la vida física de las personas incluso del fin de nuestra propia vida.

No hace mucho hubieron cambios legislativos sobre el Derecho a Morir dignamente. Parecería que estamos más cerca de escoger morir dignamente como cada día escogemos vivir dignamente. Hay mecanismos para dejar constancia de la propia voluntad si nunca perdemos la capacidad de comunicarnos. Tal vez estos días podemos hacer dos cosa: la primera agradecer a los que no están su maestría, su influencia y si hay nada pendiente cerrarlo con uno perdón. La otra cosa sería en nuestro propio final e informarnos sobre el papeleo. Por que precisamente por que amamos la vida y luchamos por que sea sana, llena, intensa, consciente no tenemos que tener miedo a la muerte. La muerte tiene en nosotros unos clientes difíciles de captar.

*Dulce típico catalán que se hace con almendras y huevo.

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